Este artículo examina el papel, a menudo polémico, que la promoción de los derechos humanos ha desempeñado en la política exterior estadounidense en América Latina. Como país que lleva mucho tiempo interviniendo desde el Norte, Estados Unidos ha empleado muchas estrategias diferentes, que a menudo han dado lugar a la elección de participar en los conflictos internos de los países extranjeros en ayuda de uno u otro bando. En cuanto a los derechos humanos, lo cierto es que Estados Unidos no ha adoptado tantos tratados de derechos humanos como muchas otras naciones de América del Sur o Central. En un mundo globalizado y más vinculado que nunca, las naciones están adoptando prácticas de derechos humanos que prometen evitar que se produzcan injusticias como en el pasado, lo que supone una grata ruptura con el pasado violento de América Latina. Por múltiples razones, entre ellas las presiones internas y la creencia en el "excepcionalismo americano", Estados Unidos ha esquivado la plena participación en muchos documentos jurídicos y de derechos humanos internacionales, pero esta práctica ya ha empezado a perjudicar la cooperación internacional y la percepción de los objetivos estadounidenses en el extranjero. El autor concluye su análisis sugiriendo que Estados Unidos reconsidere su anterior desafío a hacer de los derechos humanos un principio de pleno derecho de su política exterior en favor de una nueva postura más cooperativa.
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El golpe militar de junio de 2009 que destituyó al presidente democráticamente elegido, Manuel Zelaya, provocó el aislamiento internacional del gobierno provisional sucesor de Roberto Micheletti y meses de agitación política que no remitieron hasta la elección del actual presidente, Porfirio Lobo, en noviembre de 2009. La política hondureña se ha estabilizado en algunos aspectos importantes desde la toma de posesión de Lobo: La economía se ha recuperado lentamente, y el Acuerdo de Cartagena de 2011 firmado por Lobo y Zelaya ha reintegrado políticamente al ex presidente de izquierdas a través de su nuevo Partido Libertad y Refundación (LIBRE) y ha reintegrado a Honduras en la Organización de Estados Americanos (OEA). Sin embargo, la democracia reconstruida de Honduras es frágil. El aumento de la delincuencia y la pobreza sin paliativos han diezmado los índices de aprobación del presidente Lobo y han fomentado la desconfianza generalizada en las instituciones democráticas. En la medida en que el LIBRE de Zelaya sea capaz de capitalizar este descontento en las próximas elecciones de 2013, estas instituciones se verán seriamente puestas a prueba.
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