
Muchas gracias y buenos días.
Es un gran honor unirme a ustedes hoy aquí en nombre del Secretario de Guerra, Pete Hegseth, y del Departamento de Guerra de los Estados Unidos.
Permítanme comenzar agradeciendo al ministro Flores y a la República del Perú por ser anfitriones de la 17ª Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas en esta hermosa y antigua ciudad del Cusco. Esta conferencia es una oportunidad importante para dialogar con los ministros de defensa de todo el Hemisferio Occidental, lo cual es una prioridad para la Administración Trump.
La situación que enfrentamos en este Hemisferio se ha transformado desde que esta conferencia se reunió por primera vez en 1995 en Williamsburg. 1995 fue el apogeo del llamado “momento unipolar”. En aquel período, la estrategia estadounidense y occidental, así como las percepciones que las formaron, estuvieron moldeadas por abstracciones sumamente aspiracionales. Se esperaba ampliamente, y en efecto se creía, que nos encontrábamos ante el “fin de la historia”. Los desafíos serios a nuestros intereses parecían remotos. No parecía existir alternativa creíble alguna al neoliberalismo y a la democracia. La política exterior consistía, en gran medida, en acabar con los reductos residuales que aún resistían a estas ideologías en ascenso.
Como resultado, una visión realista basada en la geografía y en los intereses nacionales quedó relegada frente al internacionalismo liberal y al “orden internacional basado en reglas”. Centrarnos en nuestro propio vecindario con una estrategia real que tomara en cuenta el poder duro parecía innecesario e incluso inapropiado.
Tres décadas después, guste o no, aquella era ha quedado muy atrás.
El Presidente Trump enfrentó esa realidad de frente durante su primer mandato. Por primera vez en más de una generación, refutó pública y firmemente la idea de que las fronteras eran cosa del pasado, de que el comercio sin restricciones era la meta inevitable de la economía, de que el narcoterrorismo era una condición ineludible y de que la rivalidad geopolítica había quedado obsoleta. Estos temas quedaron claramente expuestos en su Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 y en su Estrategia de Defensa Nacional de 2018.
En su segundo mandato, el presidente Trump y su administración están impulsando esa agenda de manera decidida, no solo reconociendo esas realidades, sino reconfigurando activamente la estrategia estadounidense y la de nuestros aliados para hacerles frente. Como dejan claro la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y la Estrategia de Defensa Nacional de 2026, bajo el liderazgo visionario del Presidente Trump, Estados Unidos se guiará por un realismo flexible que prioriza nuestros intereses nacionales más vitales. Verá al mundo tal como es, como exige toda buena estrategia, y actuará en consecuencia para servir a los intereses concretos y prácticos de los estadounidenses.
Como resulta evidente para todos, esto implica un cambio fundamental en nuestro enfoque hacia el Hemisferio Occidental.
Durante la última generación, el propio Hemisferio donde se ubica nuestro país ha sido, para ser francos, un páramo olvidado en la imaginación estratégica de Estados Unidos. Esto fue producto de aquella mentalidad del momento unipolar. Los líderes de Estados Unidos durante ese período estaban más que dispuestos a gastar los recursos, el poder y las vidas de nuestros militares en el intento de pacificar regiones distantes, muy lejos de las costas estadounidenses. En cierto modo, concentrar nuestra estrategia y, en especial, nuestras fuerzas armadas en el Hemisferio Occidental y en los problemas que enfrentamos aquí les parecía a muchos de los bienpensantes algo sórdido, indigno de nuestras fuerzas armadas. Para esos figurones de la élite liberal global, hacer frente a los crecientes flagelos de las drogas, la migración descontrolada y la criminalidad desenfrenada era, en el mejor de los casos, inapropiado y, en el peor, indecoroso.
Todavía se puede percibir esa sensibilidad en buena parte de los comentarios que critican a nuestra Administración y su enfoque en el Hemisferio Occidental. Muchas de esas voces preferirían regresar a aquel enfoque fracasado. Sin embargo, aquella supuesta indiferencia benigna, en la práctica, se tornó maligna.
Los hechos hablan por sí solos: en las últimas décadas, el flagelo del narcoterrorismo en América Latina empeoró enormemente, y una cifra sin precedentes de estadounidenses y de sus propios ciudadanos —cientos de miles, si no millones en total— murieron a causa de las drogas letales y de la violencia narcoterrorista. Los regímenes de la izquierda dura que amparan a los narcoterroristas se multiplicaron por todo nuestro Hemisferio, desde la Venezuela de Maduro hasta la Nicaragua de Ortega y la Bolivia de Evo. Esos mismos gobiernos y sus aliados en la región propiciaron una migración masiva y descontrolada al fracasar en sus propios países y luego exportar ese fracaso al nuestro. Esto provocó la peor crisis fronteriza en la historia de los Estados Unidos y desestabilizó a muchas de nuestras sociedades. En las últimas décadas, cientos de miles de estadounidenses, si no más, han muerto a causa de las drogas que provienen del sur y de la delincuencia asociada a ese tráfico nocivo. La cifra total de muertes rivaliza con la de las guerras más costosas de Estados Unidos, e incluso podría superarla, incluso la de nuestra Guerra Civil.
Bajo el liderazgo del Presidente Trump, vemos, por lo tanto, al Hemisferio Occidental de otra manera. Lo miramos desde la perspectiva del realismo flexible, de América Primero y del sentido común. A través de este prisma, el Hemisferio Occidental y en especial las regiones vecinas de Centroamérica, el Caribe y el norte de Sudamérica resulta fundamental para garantizar la seguridad del territorio estadounidense y, por ende, la seguridad y la prosperidad de los estadounidenses comunes.
Esto es la máxima expresión del sentido común. Ya no separamos la estrategia de defensa de Estados Unidos de las preocupaciones de los estadounidenses comunes: de la avalancha de drogas letales que inunda sus comunidades y de la horrenda violencia que la acompaña, o del impacto de la migración ilegal descontrolada hacia nuestra nación. Hacer frente a estas amenazas contra los estadounidenses comunes es la razón por la que el Presidente Trump fue elegido, pese a la intensa resistencia del establishment de nuestro país. Y estamos cumpliendo.
What this means in practice is that the whole Administration – very much including the Department of War – are focused on these concerns, and thus on the Western Hemisphere. This overall approach has been eloquently laid out in remarks by President Trump and Secretary Rubio at the Shield of the Americas, and by Secretary Hegseth and Homeland Security Advisor Stephen Miller at the Americas Counter Cartel Conference – or, as we call it, the A Triple C. And the Department of War is proud to be playing a critical role in this effort.
Esto no es, para que quede claro, una situación en la que, para un martillo, todo parece un clavo. El papel del Departamento de Guerra forma parte de un esfuerzo integrado de todo el gobierno, uno que implica trabajar activamente con socios en toda la región.
Al mismo tiempo, sin embargo, es una señal de que los recursos de defensa nacional de los Estados Unidos formarán, sin duda, parte de la respuesta a estas amenazas letales contra los estadounidenses. No trataremos con guante blanco al ISIS, al Al Qaeda de este Hemisferio, que amenaza vidas estadounidenses, en lugar de hacerlo con la contundencia que la amenaza exige, por el simple hecho de que se encuentren en el Hemisferio Occidental y no en el Oriental.
Más bien, emplearemos todos los recursos de los Estados Unidos para hacer frente a estas amenazas, incluidas nuestras fuerzas armadas. Esto ha quedado ampliamente demostrado en la Operación Lanza del Sur, en la que el Departamento de Guerra ha pasado a la ofensiva contra las amenazas narcoterroristas, no para suplantar otros esfuerzos, sino precisamente para reforzarlos. La solución duradera a estas amenazas no se generará única ni siquiera principalmente mediante la fuerza militar estadounidense; por el contrario, requerirá una estrecha colaboración con nuestros socios y esfuerzos interinstitucionales por parte de nuestro gobierno.
Pero nuestra fuerza militar ayudará a habilitar, proteger e impulsar esos esfuerzos. Por eso concebimos las operaciones cinéticas conjuntas, lideradas por nuestros socios y realizadas junto con sus fuerzas armadas, como multiplicadoras de fuerza. Ayudan a crear las condiciones para que otras áreas del gobierno de los Estados Unidos y, lo que es más importante, sus propios gobiernos, se involucren y encuentren soluciones a los profundos problemas sistémicos que ustedes y nuestra región en su conjunto enfrentan.
La prueba del éxito y del atractivo de este enfoque radica precisamente en que escuchamos con regularidad a socios de todo el Hemisferio, incluidos muchos de ustedes, sobre lo importantes y bienvenidos que son nuestros esfuerzos militares reforzados.
Creo que todo esto les resulta muy claro a todos ustedes. No obstante, quisiera recalcar aquí dos puntos clave adicionales.
En primer lugar, los esfuerzos del Departamento de Guerra en el Hemisferio Occidental forman parte de una estrategia geopolítica y de defensa integral, que procuraré exponer a grandes rasgos.
Y, en segundo lugar, pero de manera crucial para todos ustedes, sostendríamos que el éxito de esta estrategia, y de sus componentes de defensa, redunda también en su propio interés. Permítanme intentar convencerlos de por qué estos esfuerzos por parte de Estados Unidos no constituyen una imposición sobre sus países, sino, muy por el contrario, una invitación y una oportunidad para ustedes y para la región.
Permítanme explicarlo.
En primer lugar, nuestras actividades intensificadas y sostenidas del Departamento de Guerra en este Hemisferio forman parte de una estrategia geopolítica y de defensa más amplia.
Lo denominamos el Corolario Trump a la Doctrina Monroe o, quizá de forma más memorable, la Doctrina Donroe. Tal como se expone en la Estrategia de Seguridad Nacional y en la Estrategia de Defensa Nacional, este Corolario Trump establece que los Estados Unidos “protegerán nuestro Territorio Nacional y nuestro acceso a terrenos clave en toda la región. Negaremos a los adversarios la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes en nuestro Hemisferio”.
Este Corolario tiene sus raíces en la histórica Doctrina Monroe. Ahora bien, reconozco que la Doctrina Monroe ha sido objeto de controversia en América Latina y es uno de los presuntos culpables predilectos a la hora de diagnosticar el origen de los males de la región.
Por supuesto, rechazamos esa afirmación. Pero también distinguimos lo que decimos y hacemos de esa caricatura. Asociamos nuestros esfuerzos con lo que podríamos concebir como la Doctrina Monroe correctamente entendida. Esta interpretación de la Doctrina Monroe no es la versión distorsionada. Por el contrario, la Doctrina Monroe correctamente entendida trata precisamente de fortalecer, habilitar y respaldar la independencia, la seguridad y la prosperidad de las naciones de América Latina y el Caribe.
Volvamos al principio. Cuando la Doctrina fue proclamada por el Presidente Monroe y el Secretario de Estado John Quincy Adams en 1823, resultaba evidente lo que la Doctrina buscaba lograr: impedir que los Estados de Europa volvieran a subordinar a las nuevas naciones independientes de América Latina. Tras la derrota de Napoleón, fue concebida para impedir que España, Portugal, Francia y otros dieran marcha atrás a las heroicas gestas de independencia en toda América Latina, desde Santander en Colombia hasta Páez en Venezuela, y desde Hidalgo en el norte hasta Bonifacio y San Martín en el sur.
Ahora bien, es importante señalar que los Estados Unidos no contaban en aquel momento con el peso militar para respaldar esa política. La estrategia funcional de Estados Unidos consistía, en realidad, en aprovecharse del poder de la Marina Real Británica para impedir que Francia, España o Portugal recuperaran sus dominios perdidos. Así que sabemos reconocer el aprovechamiento gratuito cuando lo vemos: ¡fuimos los primeros maestros consumados en ese arte!
Pero, con el tiempo, a medida que los Estados Unidos crecieron en extensión, en fuerza nacional y, en última instancia, en poder militar, llegamos a asumir el papel de garante de la Doctrina Monroe. Justo al final de nuestra Guerra Civil, cuando Napoleón III buscó implantar a un monarca extranjero en México, los Estados Unidos apoyaron a los rebeldes que pretendían derrocar a Maximiliano I de México, al tiempo que movilizaban a nuestras fuerzas curtidas en combate en la frontera. Y nuestra última confrontación peligrosa con Gran Bretaña, cuando estuvimos a punto de llegar a las manos, se produjo en la década de 1890, cuando hicimos valer la Doctrina Monroe para asegurar un arbitraje internacional pacífico sobre lo que hoy constituyen las fronteras soberanas de Venezuela y Guyana.
Durante la Segunda Guerra Mundial, las poderosas fuerzas militares de Estados Unidos impidieron que las potencias del Eje se inmiscuyeran en América Latina. Y, durante la Guerra Fría, Estados Unidos estuvo del lado de quienes en la región se oponían a la imposición del marxismo-leninismo, cuyos funestos efectos están a la vista de todos en la Cuba comunista, a menos de 100 millas de las costas estadounidenses.
Es por ello que, históricamente, los países latinoamericanos a menudo entendieron que el papel de Estados Unidos era el de facilitador, y no el de opresor, de su independencia. Fue durante la visita de Estado al Perú, hace más de un siglo, del gran estadista estadounidense Elihu Root, asesor clave del Presidente Theodore Roosevelt, quien por primera vez condujo a Estados Unidos al escenario mundial, cuando un Presidente peruano señaló con gratitud que Estados Unidos “nos fortaleció desde los primeros días de nuestra vida independiente mediante la salvaguarda que la admirable previsión de otro gran estadista de su país estableció en torno al suelo americano”.
Aquel líder peruano no fue el único. Su ministro de relaciones exteriores dijo al Secretario Root que la Doctrina Monroe constituía “un pórtico infranqueable hacia una América libre e inconquistable”. A lo largo de la región, un estadista brasileño le expresó que “es necesario que la Doctrina Monroe triunfe”, mientras que un célebre general argentino señaló que “la declaración de aquel presidente americano fue el acto culminante de aquella gran epopeya… un timbre de honor”.
No estoy diciendo que nuestra trayectoria sea perfecta. Sería absurdo afirmarlo. Pero la perfección no es el criterio de ninguna persona sensata en la política internacional, y estamos dispuestos a comparar nuestra trayectoria con la de cualquier otro.
Lo que sí estoy diciendo es que la mejor tradición de la Doctrina Monroe consiste en proteger nuestra propia seguridad e intereses fortaleciendo y habilitando a las naciones latinoamericanas. Y esa es la tradición de la Doctrina Monroe en torno a la cual hemos concebido el Corolario Trump. Esto es fundamental para lo que hace diferente a nuestro enfoque.
Ahora permítanme explicar por qué ese enfoque es coherente con su éxito en términos prácticos. No voy a intentar hacerlo empapándolos de retórica florida ni presentando a Estados Unidos como una especie de benefactor kantiano. Eso no sería creíble. Ni tampoco apropiado. Nuestra labor en el gobierno de Estados Unidos es servir a los intereses de los estadounidenses. De un modo ilustrado y moral, sí, pero anteponiendo los intereses de nuestro pueblo, tal como ustedes lo hacen, y deben hacerlo, con los suyos.
Así pues, voy a exponerles este caso desde la óptica de la franqueza y el realismo respecto de nuestro interés propio y del suyo. Ese es un sello distintivo de la administración del Presidente Trump. Nos relacionamos con nuestros homólogos desde una posición de honestidad y claridad que, para nosotros, es una forma de respeto. La cortesía y una buena dosis de decoro son siempre bienvenidas. Pero, a lo largo de la última generación, las cosas han ido demasiado lejos. Nuestra retórica se desligó descabelladamente de la realidad de nuestros intereses. Hablábamos del destino de personas al otro lado del mundo como si fueran tan importantes para nosotros como nuestros vecinos.
Pensar y actuar de esa manera manifiestamente no ayudó a nuestros aliados y vecinos. Por fortuna, bajo el liderazgo del Presidente Trump, eso ha cambiado, y no lo ocultamos.
En ese espíritu, nuestra postura es que los buenos amigos deben ser honestos entre sí. Y así es como me dirijo a ustedes hoy.
En esa línea, mi afirmación ante ustedes es que el interés propio ilustrado de Estados Unidos hacia ustedes no busca su explotación, subordinación ni dependencia. Al contrario, nuestro interés, tal como se expresa en el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, reside en realidad en su éxito: en su mayor prosperidad, seguridad y estabilidad como sociedades libres.
¿Por qué es así?
Bueno, para ser muy franco, lo cierto es que Estados Unidos no necesita sus recursos ni su dependencia. La realidad es que Estados Unidos es un país enorme, con mucho el Estado más poderoso del mundo, con el mercado más grande y dinámico del planeta, la economía más productiva, la moneda dominante, espléndidas reservas de materias primas, estrechas relaciones económicas y de seguridad en todo el mundo, y así sucesivamente. La conclusión de todo esto es que no necesitamos posesiones imperiales ni dependencias, ni siquiera desde una perspectiva estrictamente realpolitik.
Esto diferencia a Estados Unidos de la mayoría de los imperios históricos. La Inglaterra de comienzos de la era moderna era una porción de una pequeña isla en el extremo noroccidental de Europa; necesitaba posesiones imperiales y dependencias para ser una gran potencia. De hecho, acabamos de celebrar los 250 años de nuestra independencia, que estuvo motivada en gran parte por la determinación de nuestros antepasados de no convertirse en una dependencia de Inglaterra y de su hegemonía económica. De igual modo, el Portugal de comienzos de la era moderna era un pequeño Estado en la costa occidental de la Península Ibérica. También él necesitaba colonias y dependencias para ser una gran potencia.
Nosotros somos completamente distintos. Ya somos, como lo expresaron nuestros Padres Fundadores, un imperio de libertad en nosotros mismos.
Digo esto con orgullo, por supuesto, no con arrogancia. Es para ofrecerles una base creíble para lo que estoy a punto de decir.
Es más, somos sus vecinos. Las antiguas potencias imperiales de la región no lo eran. Por consiguiente, esas potencias extra-hemisféricas carecían del interés profundo y permanente que nosotros tenemos en su seguridad, estabilidad y prosperidad a largo plazo. A diferencia de ellas, tenemos un interés directo y duradero en su buena fortuna.
Por estas razones, nuestro principal interés reside en su éxito.
Vivimos en el mismo vecindario. Por ello, nos vemos directamente afectados por las decisiones que ustedes toman en materia de seguridad y defensa de sus países. En particular, nos afectan de manera directa las externalidades negativas que se desbordan desde la región hacia nuestro país. Nuestra gente está muriendo en gran número a causa de las drogas que ingresan a nuestro país y de la delincuencia que las acompaña. Nuestra sociedad se ha visto dañada y trastocada por la migración masiva ilegal. Y apenas hace falta recordarles cuánto se han visto perjudicadas también sus sociedades por todo esto.
Por lo tanto, nuestro principal interés en la región consiste en mitigar y hacer frente a estas amenazas. Una parte fundamental de ello es asegurar nuestra frontera y revertir las desastrosas políticas migratorias del pasado. También lo es reprimir los precursores del fentanilo y otras drogas mortíferas, así como debilitar la amenaza narcoterrorista que se lucra matando a estadounidenses. Pero, como ha dicho el Secretario Hegseth, nuestras fronteras deberían ser la última línea de defensa del territorio nacional, no la primera.
También reconocemos que la única manera duradera de hacer frente a esos problemas es que a sus países les vaya mejor. Solo si sus países crecen, prosperan y se vuelven más seguros y estables será menos atractivo el narcotráfico, será menos frecuente la delincuencia y estará la gente más inclinada a permanecer en sus países de origen. Esto deja muy claro que nuestro interés reside en su éxito.
Ahora bien, permítanme ser claro: esto ya se ha dicho antes, pero por lo general de boca de quienes prometían una especie de visión de “Cuerpos de Paz” de la política estadounidense hacia América Latina, o una visión de “causas profundas” que pretendía resolver a fuerza de gasto los males de las malas políticas. Esas políticas fracasaron, en parte considerable, porque quienes las promovían también los veían a ustedes como dependientes, como receptores de dádivas estadounidenses, en lugar de como socios que pueden y deben asumir la responsabilidad de su propia seguridad y desarrollo. Lo que nosotros ofrecemos es una opción más realista y empoderadora. Una que no contrapone la defensa al desarrollo, como las visiones del pasado, sino que reconoce que la defensa es un requisito básico para el desarrollo económico nacional.
El Departamento de Guerra desempeña aquí un papel fundamental. Nuestro gobierno no solo está ofreciendo oportunidades de colaboración comercial y reuniones diplomáticas, por importantes que estas sean. Más bien, estamos reorientando nuestras fuerzas armadas y nuestro aparato de seguridad para ayudarlos a brindar mayor seguridad y estabilidad y, en última instancia, desarrollo a sus países. Buscamos su éxito para asegurar nuestro vecindario. Este enfoque basado en los intereses constituye una base más duradera para nuestra colaboración y para una presencia estadounidense sostenida.
Lo que esto significa es que estamos aquí para tenderles una mano y ayudarlos a recuperar el control sobre su territorio, asegurar sus fronteras en consonancia con nuestros propios esfuerzos fronterizos, desmantelar y derrotar a los narcoterroristas que aterrorizan a toda nuestra gente, y fortalecer su soberanía y estabilidad, todo lo cual constituye un factor decisivo para su mayor prosperidad.
Pero, como hemos aprendido a través de una dura experiencia en todo el mundo, esto solo funcionará si ustedes demuestran la voluntad política, la claridad y la seriedad necesarias para alcanzar el éxito.
Es un enfoque que los insta a emplear la fuerza y la acción de gobierno de manera eficaz para desmantelar a los narcoterroristas y asegurar sus fronteras. No solo porque ello es bueno para la seguridad pública, sino porque les permite optimizar recursos limitados a fin de propiciar las condiciones para la seguridad y la prosperidad. Esto puede y debe incluir una cooperación reforzada con las fuerzas armadas de los Estados Unidos cuando sea necesario, pero también es nuestro objetivo que estas operaciones lleguen a ser lideradas por ustedes, con capacidades mejoradas que los ayudaremos a obtener y a dominar.
En segundo lugar, los instamos a proteger sus infraestructuras críticas. Proteger esos activos es una cuestión de defensa nacional. Se trata de asuntos que los involucran, y deben involucrarlos, a ustedes como líderes de defensa, pero hará falta su iniciativa para demostrarlo en sus países. Esto no es solo una condición previa para la inversión y el desarrollo, que lo es. Es también la parte que a ustedes les corresponde para garantizar una paz duradera.
A medida que los Estados Unidos colaboran con aliados y socios en todo el mundo para asegurar equilibrios de poder favorables en las regiones más importantes del planeta, no les pediremos que proyecten poder fuera de esta región. Más bien, todo lo que les pedimos es que trabajen con nosotros para negar a cualquier actor la capacidad de reclamar y explotar tales activos clave aquí, en este Hemisferio.
En tercer y último lugar, es fundamental que ustedes inviertan más en su propia defensa. No hay razón alguna por la que país alguno, en particular aquellos que enfrentan amenazas narcoterroristas significativas, deba gastar tan poco en defensa. De hecho, algunos incluso gastan menos de un solo punto porcentual del PIB en defensa nacional. Esto atenta contra el sentido común, y nosotros estamos marcando el camino bajo el liderazgo del Presidente Trump y del Secretario Hegseth. Entretanto, nuestros aliados en todo el mundo, incluidos los de Europa, avanzan ahora hacia un gasto considerablemente mayor: un 3.5 % en gasto militar esencial y un 1.5 % adicional en gastos relacionados con la seguridad.
Esto también es posible aquí. Tomemos el ejemplo del Perú, que acaba de realizar una de las mayores compras de F-16 del mundo. Adquirir estos aviones no es solo una inversión en la defensa del Perú, sino también un paso importante para alinearse con la industria de defensa estadounidense, lo que traerá inversión y actividad económica a ambos países. Este es un modelo para nuestro Hemisferio.
Permítanme cerrar diciendo que el Corolario Trump a la Doctrina Monroe ofrecen un modelo para la defensa y la prosperidad hemisféricas. Significa la restauración de una América fuerte en nuestro hemisferio, pero es también una invitación a que haya socios fuertes, confiables y eficaces que se tomen en serio su propia defensa. Es un enfoque realista, basado en la alineación de nuestros intereses razonablemente concebidos con los de ustedes, y en la determinación de perseguirlos.
Hace poco más de una década, un Secretario de Estado estadounidense declaró con orgullo que la Doctrina Monroe estaba “muerta”. Lo que ese enfoque significó en la práctica fue el abandono por parte de Estados Unidos de los verdaderos desafíos de nuestro vecindario y el descuido de la defensa de nuestro propio territorio nacional. El resultado no fue un Hemisferio fuerte con naciones más fuertes. Fue, de hecho, lo contrario.
Bajo el liderazgo del Presidente Trump y con el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, estamos adoptando un enfoque distinto y mejor: mejor no solo para los estadounidenses, sino también para ustedes. Juntos, tenemos una vía no solo hacia una América más fuerte en este Hemisferio, sino hacia futuros más fuertes, más seguros, más libres y más prósperos para todos ustedes. Queremos socios fuertes, confiables y eficaces, no socios débiles y dependientes.
Los instamos a aprovechar esta oportunidad.
Muchas gracias.
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